Con Roberto Benigni, Nicoletta Braschi, Giorgo Cantarini.
El
tiempo ablanda.
Hace
ya más de una década que vi La vida es
bella, una película que se nos metió a todos en la piel y nos dividió en
dos bandos. Anoche volví a verla y la verdad no sentí la misma animadversión de
la primera vez. Al menos no en la misma intensidad.
Y es
que el asunto con La vida es bella
fue la intensidad. El público y los críticos en general se situaron, desde el
principio, en posiciones extremas. Una mayoría a favor de la obra. Una minoría,
en contra. No abundaron los puntos medios: La
vida es bella dio pie, por un lado, a loas supremas de amor y tres premios
Oscar; por el otro, a intensas diatribas en contra de la película y del propio director,
Roberto Benigni.
De
Benigni hay que reconocer que, desde el punto de vista del guión –no así desde
el punto de vista filmográfico-, lo arriesgó todo. El fuerte de Roberto ha sido
siempre la comedia; digamos, salvando las distancias que impone la
idiosincrasia, que él es una suerte de Cantinflas italiano. El fuerte del tipo
es hacer reír, en eso estamos todos de acuerdo. Pero construir una comedia
romántica en el contexto del holocausto fue, por decir lo menos, temerario.
Para unos ese atrevimiento fue un acto de genialidad, para otros, el
atrevimiento de un maníaco.
Mátalos suavemente. Título original: Killing Them Softly . Estados Unidos/2012/97´. Dirigida por Andrew Dominik. Escrita por Andrew Dominik. Novela original: Cogan’s Trade de George V. Higgins. Con Brad Pitt, Ray Liotta, Richard Jenkins, James Gandolfini, Scoot Mcnairy, Ben Mendelsohn.
La filmografía de Andrew Dominik, director neozelandés, parece estar signada por una tendencia hacia lo literario en general y, hacia el género de la novela negra, en particular. Así lo confirman sus tres primeras películas (Chopper, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford y Mátalos suavemente), obras todas sacadas y adaptadas por el propio director de piezas de la literatura negra. Se deduce, de la reflexión en torno a estas escogencias literarias y la puesta de las tres películas como un todo autoral, que si bien está interesado en representar historias ligadas al mundo del crimen, Dominik tiene como motivación principal y última, orbitar alrededor de las circunstancias y contradicciones internas del criminal y contraponer sus motivaciones éticas con el valor moral de una época. El medio y el fin (literatura y cine) en este caso, se nutren y complementan de manera mutua, desde el universo de la ambivalencia que parece unir al hombre con lo violento.
Ya desde su título, Mátalos suavemente (Killing Them Softly), adaptación libre del original Cogan’s Trade, Dominik pone de manifiesto su deseo de jugar con la ambigüedad, de enfrentar los extremos, tomando como herramienta principal la violencia. Mientras que en Historia de la Violencia (2005), obra magistral que sobre el tema hace Cronenberg (casualmente una adaptación de una novela gráfica), el enfoque es sobre la naturaleza dual del hombre, sobre el acto de matar como herramienta para el ejercicio de la reivindicación, de lo justo, de la defensa, Dominik parece decirnos que matar es un acto similar a los negocios, a la política, que matar suavemente es también matar y, que estamos matándonos todo el tiempo, de diferentes maneras y en distintas intensidades. Sin embargo, esta no es la diferencia sustancial entre la propuesta de Cronenberg y la de Dominik. La violencia del primero está contextualizada en una visión existencialista: el hombre es la consecuencia de una contradicción entre su naturaleza bondadosa y su propensión a la maldad. En el caso del segundo, la violencia se justifica y moldea en el ámbito de las actividades propias de lo social (negocios, política, estructuras de poder), en las que prevalece un doble discurso y una doble moral, nefasta para el propio hombre. El resultado de Mátalos suavemente es, como el propio título lo indica, el contraste que existe entre lo indispensable de la violencia en los grupos y la compasión del individuo, el criminal que somos, en mayor o menor medida, todos los hombres que vivimos bajo el contrato de una sociedad.
"Azotes de Barrio" (2013.) la colaboración de Jackson Gutiérrez y Carlos Daniel Malavé rinde frutos.
Este remake es superior al original en todo sentido. Quizás también estemos ante el primer remake Made In Venezuela, (Indago y supongo. si estoy equivocado, el foro de comentarios queda abierto.) Curiosidad aparte, ante eso tenemos una obra interesante tanto en contexto (país) como en resultado (películas).
"Azotes…" se lucra de un guión medianamente redondo, escrito a seis manos entre los codirectores y Alejandro Hidalgo. Entre los tres modelan una historia, que en la película de Gutiérrez naufragaba dando vueltas sobre sí misma. Por fortuna éste nuevo producto no repite los errores.
“Azotes” cumple su cometido, entretiene, mantiene la tensión, y crea simpatía por sus personajes.
Todo esto a pesar de ciertos clichés del cine policial venezolano de los ochenta, en el que Malavé al parecer se siente cómodo, y es un lugar del que no quiere salir (sus obras anteriores dan esa lectura) Malavé no lo puede evitar, y básicamente este elemento se convierte en un sello de la casa. También esto termina siendo un arma de doble filo, por momentos es televisiva, y su cámara plana no ahonda más allá de lo que hay, aún así sus intensiones de entrar en cursilerías duran poco, cosa que se agradece.
Volvemos a ver a los Tres Dueños (Dj Trece, Nigga Sibilino y Budú) juntos, pero separados, en su ya típico rol patentado por “Secuestro Express” (2006, Jakubowicz.)
Es un trío que funciona, y que básicamente dotan de humor y cierto realismo a la historia (más en el caso del Nigga y Budú).
Alexander Da Silva el protagonista en cuestión, cumple con su rol de “Malandro Dolido” en busca de venganza. Pero uno sabe que está viendo un actor, y no a un “Azote”, como nos lo venden, aunque al parecer los Azotes son otros, y el personaje de Da Silva, es solo una víctima de la situación, aún así, mata, engaña y extorsiona a unos cuantos a lo largo del metraje, a veces no da el rol, pero por momentos brinda cierta naturalidad que se agradece.
Azotes 2013, conserva esa identidad del barrio que estaba en la original, y mantiene su misma postura ideológica: El barrio es malo, crea gente mala, te absorbe y te consume, y son muy pocas las posibilidades de salir de él.
Es un poco paradójico, el mismo Gutiérrez es un hombre de barrio, y a pesar de ello, su historia personal es un ejemplo para muchos, tema para otra nota.
Seguimos viendo en el cine de Malavé, desnudos muy al estilo soft porn de televisión por cable, a media noche, y personajes característicos propios de ese cine pulp que el director maneja a su modo.
“Azotes de Barrio” no es una obra maestra, ni pretende serlo, más cine Clase B, (del que se hace en Venezuela) sin muchas pretensiones artísticas y con un toque de guerrilla. Bien actuada y con una buena historia, sorpresa final incluida, un giro en el guión que le da ese toque inesperado a todo el asunto.
No se alarga innecesariamente y sus escenas tienen duración cronometrada. Mantiene un ritmo trepidante y no se pierde la tensión.
Aún sigo pensando que la obra más redonda de Malavé es "Último Cuerpo", pero esperemos por ver el resultado de su próximo proyecto personal, la venidera y pronto a estrenarse continuación de “Las Caras del Diablo”.
Tarantino es un muchacho grande. Uno de esos genios malcriados que andan adolescentes por la vida haciendo lo que hacen como les da la gana. Cada uno de sus filmes son obras lúdicas y hedonistas, una agrupación sincera y directa de clichés y fetiches de púber. Si sometemos a un análisis más o menos serio la obra de este director, además de colisionar con el despropósito y la contradicción que implica la seriedad de dicho análisis, encontraremos que las ideas que utiliza Quentin para moldear su obra se encuentran orbitando ya, desde hace años, en los universos de la Serie B, el Cine Cutre, el Blaxplotaiton, la Chambara, el Wuxia y el Pulp. Como es ya harto sabido, este caso no es una excepción: Django Desencadenado es otra apropiación (desde el punto de vista artístico), sólo que esta vez la fantasía del autor echa mano al género casi olvidado del Spaguetti Western (nótese que al hablar de la apropiación de Tarantino también uso el término “fantasía”, toda vez que aunque es cierto que la película respira las reminiscencias del género cutre mencionado, no es menos cierto que muchas aproximaciones son versiones libres y proyecciones personales de Tarantino en torno al mismo, tal y como lo explica con acierto el cineasta Carlos Caridad Montero en su artículo Tarantino encadenado, ((Oscars 2013, Django unchained)) publicado en el blog Blogacine). En todo caso, siguiendo la línea de ideas, empecemos diciendo que Django Desencadenado es, un reencuentro entre algunos clichés del Spaguetti Western (apropiación) y los fetiches y demonios del director/guionista (la proyección personal que hace éste sobre el género, lo que algunos podrían denominar como su “sello personal”).
En esta segunda parte, incluyo las películas que vi en las vacaciones pasadas pero que, en aras de la brevedad, no incluí en el artículo anterior.
Killer Joe (USA 2011). En el 2006, el director de El Exorcista, William Friedkin, unió esfuerzos con la dramaturga Tracy Letts para adaptar su obra Bug. El resultado fue una película bastante recomendable. Esta vez, ambos repiten con la misma fórmula, trayéndonos una película que resulta toda una sorpresa. Una combinación de violencia, humor negro y desilusión; la película contiene una de esas escenas que pasará a la historia del cine. Matthew McConaughey se dispara una actuación sorprendente como “Killer” Joe Copper, un policía que trabaja como asesino a sueldo. Impelable.
Chronicle (USA 2012). Descendiente de Las Brujas de Blair y toda la movida "found footage”, esta película de ciencia ficción es como la versión independiente y extra-suave de Los hombres X. El guión es bastante sencillo, nada profundo, pero la cinta es de lo más entretenida. Para ser una película de doce millones dólares, se notan algunas costuras a nivel de script y actuación. Sin embargo, a pesar de sus visos de ingenuidad tipo Hallmark Channel, cumple de manera cabal con su misión de entretenimiento. Buen afiche.
If I want to whistle, I whistle (Rumania 2010). Crónica de un drama anunciado. Bien filmada, bien narrada; sin embargo la historia está anegada de lugares comunes: un delincuente juvenil, un hermano ingenuo, una madre conflictiva, un hogar destruido. La película parece un estancamiento políticamente correcto dentro de la nueva movida cinematográfica rumana.
Manslaughter (Dinamarca 2012). El prototipo de un ladrillo perfecto: drama intelectualoide danés. Última de la trilogía del director Per Fly. Un profesor abandona a su mujer para defender a su amante anarco-extremista. En mi humilde opinión, todo un barranco.
Normalmente, cuando me dan vacaciones decembrinas en el trabajo, aprovecho para leer libros pendientes y ver películas. Esta vez el recreo de dos semanas fue de bastante provecho para mi cinefilia: el saldo al día hoy es de nueve películas y la temporada completa de una serie.
Siguiendo el formato que he venido adoptando (análisis breves y relajados), aquí les comparto mis impresiones sobre estas películas. Salvo El Hobbit, todas ellas fueron vistas desde las plataformas tanto digital como de disco que brinda el servicio de streaming de Netflix.
Sound of my voice (USA. 2011). Una pareja de documentalistas logra infiltrarse en una secta secreta en la que su líder argumenta venir del futuro. Se trata de un thriller que arranca con potencial y termina con desilusión. A pesar de tener un argumento excelente, el tercer acto es bastante flojo y el desenlace mucho peor. Un pote de humo del llamado ¿“cine independiente”?
The double hour(La doppia ora). (Italia. 2009). Una mezcla de thriller, romance y cine negro, con tímidos escarceos con lo onírico y lo surrealista. La historia, bastante simple, pone sobre la mesa a un ex policía, una misteriosa mujer y un robo en la que ésta última sale gravemente herida. Quizás crea más expectativas de las que puede manejar, sin embargo, hace buen uso del suspenso.
American horror story (Murder House). (USA. 2011). Primera temporada de la nueva miniserie de horror del canal Fox, la obra va entrelazando y revelando diferentes historias en torno a un tronco común, en este caso, una casa poseída. La idea de los creadores y productores es ir construyendo argumentos diferentes por temporada (miniseries y no series), conservando como género central el horror (por ejemplo, la segunda temporada ocurrirá en un psiquiátrico y llevara el nombre de Asylum). A pesar de sentirse un poco floja en algunos capítulos, AHS tiene personajes muy interesantes y excelentes giros dramáticos. Destacan Jessica Lange y Evan Peters. Los créditos iniciales son, a mi gusto, exquisitos y la banda sonora todo un acierto.
El cine guerrilla se ha convertido hoy en día en una manera de hacer con poco, mucho. O en el escudo de gente sin talento, que busca justificar sus gracias manipulando al ignorante, para que pague por ver un fraude.
Es aquí donde se presenta la línea divisoria entre una visión autoral y una industrial, del cine barato.
Para hacer con poco, justamente lo ideal es tenerlo todo en la creatividad, esa que te obliga a imponer un estilo, una historia y unos actores (si así el proyecto lo amerita) al servicio de la visión.
Vuelvo a mi tema favorito, la importancia de la forma y del contenido, y de cómo una va de la mano con la otra.
No hablo necesariamente de la composición plástica de un plano en cuanto a estilo y criterio estético se refiere, pero si de las decisiones creativas que te llevan a usar un formato para narrar o hacernos sentir a través de las imágenes.
Cuando el contenido está por encima de la forma, pues vale acogerse a las reglas del género a manejar para lograr la manipulación emocional. Lo que quiero decir, que si voy a ver una comedia espero reír.
En el cine barato, la manipulación emocional cobra mayor valor, pues el contenido está al servicio del estado emocional del espectador.
Más que ningún otro, el cine de entretenimiento debe conocer las reglas, pues en ellas radica el verdadero éxito del producto.
Ahí radica el éxito de un cineasta como Robert Rodríguez, capaz de dar una visión autoral, con poco dinero, a un western moderno como “El Mariachi” (1992), sin dejar de entretener, y convirtiéndose en una puerta para la industria.
El del que ahora hablaremos, busca el recurso fácil y se salta las reglas, en su afán de obtener con cierta violencia invasiva, el recurso industrial sin ahondar en el contenido formal. He aquí entonces lo contrario a un cine barato hecho con conciencia de limitaciones. Un cine alejado de la Guerrilla, de lo ideológico.
De esas veces en que una película sorprende. De esas en las que uno cree que está gastándose los reales en una peli súper comercial y resulta que no. Esta fue una de esas veces en que creí una cosa y vi otra. Y lo que vi fue mejor. Esta fue la vez en que fui a ver Killing Them Softly. Escrita y dirigida por Andrew Dominik basada en la novela Cogan's Trade de George V. Higgins y protagonizada por Brad Pitt, parecía una entrega comercial de calidad. Es más que eso.
Es una propuesta en donde un buen guión y una edición impecables juegan sus papeles a la perfección para crear esta pieza que obliga al expectador a agarrarse de la película mientras ella corre a 130 km por hora.
La película abre y la presentación es de lujo. Sencillo: créditos, corte, personaje, corte, crédito, corte y así. Pero con cada corte hay un corte de sonido, brusco, volado, exquisito. Experimental.
Todo comienza con tres hombres y su plan para robar a la mafia cubriéndose en un antiguo robo interno (el plan implica que los mafiosos sospecharán del mismo perpetrador de la vez pasada). Llevan a cabo su plan, todo sale perfecto. Es cierto, todos sospechan del mismo tipo, pero luego actúan y averiguan y ya no todo sale tan bien. Brad Pitt debe investigar la situación y deshacerse de él o los responsables. A partir de este momento las cosas se complican un poco más y comienza lo bueno (que no contaré para no arruinar la historia).
Solidaridad, coexistencia y respeto son temas centrales
Llega el 6to Festival Internacional de Cine Judío de Caracas
Fuimos invitados a la rueda de prensa del venidero Festival de Cine Judío. Aquí les reseñamos sobre las películas a proyectarse, los lugares donde serán presentadas y toda la información necesaria para disfrutar de la semana Judía.
Tras el notable éxito del año pasado, el Festival Internacional de Cine Judío de Caracas arriba a su sexta edición consecutiva con un conjunto de películas de altísima calidad, que resaltan temas de vital importancia en estos días: la coexistencia entre personas de diversas culturas, orígenes y religiones; la solidaridad como punto de partida para entender al otro; y el respeto por las diferencias.
Organizado por Hebraica A.C., el Festival se realizará en Caracas entre el 23 y 29 de noviembre; en Barquisimeto entre el 24 de noviembre y el 2 de diciembre; y en Maracaibo entre el 26 y el 29 de noviembre.
Atahualpa Lichy construye un ensayo sobre las tradiciones del sur de los andes en estos fragmentos recogidos a lo largo de más de tres años de producción.
Entre lo místico, la memoria y el presente, hay una mirada de angustia en su documental.
Un temor que desemboca hacia la desaparición de los orígenes, y que con mirada enamorada nos muestra, para sembrarnos la duda del futuro.
La naturaleza poética del filme no radica principalmente en su cinematografía; en escasos momentos planificada y, en otros, víctima de la casualidad verídica del género. Sino, en el contexto manejado.
Y cuando hablo de Manga, no me refiero a esa versión voluptuosa de mango que se da en el trópico bajo la envoltura de una piel que oscila entre los amarillos y los rojos, sino a la versión japonesa de lo que conocemos como historieta (en español) o cómic (en inglés). Bien sea por falta de acceso a la información (mi generación no creció con Internet y lo más cerca que tuvo de Google fue el Libro Gordo de Petete), bien por un prejuicio estúpido que categorizaba (y aún categoriza en algunos círculos) a este tipo de literatura seriada como mero pasatiempo o escritura menor, yo descubrí el mundo de la Manga recientemente. Dicho descubrimiento, que me llevó de manera indirecta a conocer un universo nutrido de obras, estilos y géneros de la historieta en general, lo hice a su vez a través del Anime. Y aquí me veo obligado de nuevo a hacer la aclaratoria de rigor para principiantes: cuando digo Anime no se trata del material blanco (poliestireno expandido) utilizado para la protección y el envase de mercancías, sino a la versión japonesa de nuestras comiquitas, series animadas y caricaturas (en español) o cartoons (en inglés); es decir, una Manga en movimiento (Anime según Wikipedia es el diminutivo japonés de animation).
Recapitulo. Llegué virgen al mundo de la Manga y el Anime. Neófito y sin prejuicios. Con ojos nuevos. Hambriento. Ávido como todo aquel que pierde el himen de algo. Buscando. Persiguiendo. Y el que busca, consigue.
Es aquí donde encaja Shigurui.
Shigurui es una Manga (84 números) basada en el primer capítulo de una novela (Suruga-jou Gozen Jiai) del escritor japonés Norio Nanjo. Desconozco como es la novela. Hasta la fecha no me ha sido posible conseguir una traducción. Sin embargo, salvo unos poquísimos números, la Manga es adictiva. Supongo que la empresa Funimation debe haber visto lo mismo que yo: luego de haber comprado los derechos de 32 capítulos de adaptación, la empresa sacó al aire occidental Shigurui Death Frenzy, una versión –demasiado- corta en Anime de la Manga. Hablar de una es hablar de la otra y en cualquiera de sus dos formatos, Shigurui es formidable.
Hannah: God loves you. You're God's child. Joseph: God ain't my fucking daddy, my daddy was a cunt. He knew he was a cunt. God still thinks he's God. No-one's told him otherwise. Tyrannosaur, 2011. Reino Unido.
Dice el famoso crítico Roger Ebert que Tyrannosaurno es el tipo de película que tiene la esperanza suficiente como para dar un mensaje; dice además el crítico que no hay mensaje, que lo único que hay es la realidad de sus personajes heridos. Yo coincido: en esta película los mensajeros son el mensaje. Y aquí los mensajeros son seres intensos que sufren intensamente, seres olvidados, parias, almas tan inocentes como culpables, desprotegidas, relegadas. Seres débiles en todo el esplendor de su decadencia.
Joseph (Meter Mullan) es un hombre acorralado por su propio odio y resentimiento. En su dolor, echa mano a la violencia y el alcohol para separarse de todos los seres que puedan sugerirle esperanza (incluído su perro), para distanciarse de ese mundo que le señala y acusa con su dedo mudo. En ese camino hacia la autodestrucción conoce a Hanna (Olivia Colman), una mujer que en realidad es una fachada, un disfraz de sí misma: al igual que Joseph, Hanna transita su propia calamidad existencial, un calvario enmascarado con el camuflaje de la represión, la religión y la censura.
Una película desesperanzadora, cruel, fatalista, pero con espacio para la compasión y la redención, siempre en una línea sucia y dura.
Sin desperdicio a nivel de guión y con un notado acento de cine independiente, Tyrannosaur es el primer largo del actor y director inglés Paddy Considine. Ganadora de los BAFTA 2011 y de varios premios en el Sundance del mismo año, la película descansa en las actuaciones de los dos protagonistas, por demás bastantes convincentes.
“Do you understand?”, pregunta el hombre sin nombre a través del
teléfono. “Do you understand?”,
reitera. La insistencia es importante. Porque si el hombre sin nombre maneja,
tendrán una ventana de oportunidad de cinco minutos. El trabajo podrá ser
llevado a cabo y puede que el crimen sea perfecto. Cinco minutos.
Basada en el
libro del escritor norteamericano James Sallis, Drive es una película
particular. Sin duda, se enmarca en el género del cine negro y en ese sentido
hace uso de una amalgama de elementos que se inclinan hacia el logro de una
visión expresionista de la imagen. Aunado a ello, a pesar de una sencillez de
la trama principal, a pesar de que a veces la historia presenta ciertos tintes
dramáticos telenovelescos, la película parece transitar el existencialismo más
básico, presentando a los personajes como individuos signados por la angustia,
la desesperanza y la incertidumbre.
A nivel estético
la película recrea con bastante entusiasmo la década de los 80. La fotografía,
la música, el vestuario, el uso cálido de la luz y la insistencia con el neón,
muestran sin duda la intención de implantar una atmósfera nostálgica ochentona.
Todo ello aunado al uso del amor como catalizador de una violencia punk.
Protagonizada por
un lacónico Ryan Gosling, sólo me disgustaron ciertos elementos ligados a la
historia de amor que rayan a veces en lo cursi y el cliché, así como algunas escenas
sobreactuadas por las contrapartes de Rosling.
Busco sobre The Grey y
me entero que costó 25 millones de dólares e involuntariamente me pongo a pensar
que en esta película, el peor de los lobos, es Hollywood. Las bestias grises y
enormes que persiguen a este grupo de hombres que han quedado a la buena de
Dios en Alaska, luego de un accidente aéreo, son animalitos peludos e inquietos
comparados a esta inmensa fábrica de “entretenimiento”. Bien por su manera de
crear películas insulsas en serie cuyo objetivo no es otro que distraer a un
espectador que no quiere pensar, mantenerlo dormido, pendejo y sumiso; bien por
su facilidad de meter en un carril de hierro a creadores, guionistas y
directores para que se amolden a la creación de proyectos inocuos, repetidos y
cursis, Hollywood se ha hecho un enemigo de la idea del cine como expresión artística,
como herramienta de pensamiento. Hollywood es un lobo hambriento de dinero y tiene los colmillos
bien afilados.
Hablar de The
Grey es hablar de la no The Grey; es decir, para hablar de esta película hay que
decir lo que no fue. Así de triste. The Grey hubiera podido ser tremenda
película. El potencial se le nota a leguas en varios momentos gloriosos. Sin duda, hubiera podido ser un filme enfocado en el
enfrentamiento del hombre con la naturaleza, consigo mismo, con la soledad, con
sus tormentos, con su fragilidad, con Dios. Hubiera podido ser una versión mejorada de Cast Away. O hubiera podido ser un medio para poner en tela de
juicio toda la estratagema social que el hombre ha
levantando a su alrededor, muy a las maneras de esa adaptación llamada El señor de las Moscas o de la muy Thoreauniana Into the Wild. En el
peor de los casos, hubiera podido explotar toda la dinámica que gira en torno
al hombre y sus sentimientos frente al peligro, la supervivencia y su relación con los otros en la adversidad, al
mejor estilo de un docudrama como Viven. Hubiera podido ser muchas cosas, con mucho menos dinero. Porque el hubiera del que hablo aquí tiene que ver con significación.
Ingenuo, sin
saberlo, como se aproxima el inocente a las cosas: así me cayó en las manos A Separation. Movido sólo por su
tráiler, sin saber que había ganado el Oscar 2012 a la mejor película
extranjera, sin tener remota idea de su Oso de Oro en el Festival de Berlín,
con cautela, con las expectativas de ser mi primera película Iraní. Imparcial.
Con un movimiento
pausado pero seguro, aunado a una edición inteligente que dosifica una tensión
siempre in crescendo, la historia de esta película se mueve haciéndonos
recordar las angustiantes atmósferas Hitchcockianas y los asfixiantes laberintos existenciales y burocráticos
Kafkianos.
El argumento, por
demás sencillo (el divorcio de una pareja), sirve de excusa (un McGuffin Iraní)
para hablarnos de temas como la estructura de clases, las diferencias
religiosas, el estatus de la mujer en la familia y la sociedad Iraní, además de tocar
las llagas de cuestiones de índole filosófica, psicológica y moral: la verdad,
el orgullo, lo justo, la tolerancia, el engaño, la responsabilidad.
Por Christian Bronstein Publicado originalmente en pijamasurf.com y reproducido con permiso del autor.
Desde la puesta escena, la estructuración narrativa y la historia en sí, Melancolía parece violar o transgredir los horizontes de expectativas tradicionales para mostrarse menos como el relato ordenado y coherente de las peripecias de su protagonista que como una especie de sueño extraño, desordenado y sombrío, inmoral o siniestro, como una pesadilla de esas que nos dejan en la mañana con una duda nebulosa o una angustia inexplicable. La película de Lars von Trier puede ser leída, en este sentido, como una expresión del inconsciente (del inconsciente colectivo en general y del inconsciente de Lars von Trier en particular) y nuestra propia experiencia cinematográfica de la película como un encuentro con un contenido del inconsciente. Así de psicodélica es la intensidad fascinante que Lars von Trier imprime a su film, del que podría decirse que su gran logro es no solo recrear a través de una cámara en todas sus honduras un estado del alma, sino arrastrar a los espectadores hacia este en la medida en que avanza el film.
La película se divide en dos partes. En la primera parte vemos como Justine (el personaje de Kirsten Dunst) navega entre sus fantasías internas melancólicas y las exigencias del mundo social. Puede verse en esta dicotomía la clásica relación entre los aspectos más extremos de la extroversión y la introversión. Estas dos funciones, dirá la psicología junguiana, constituyen los dos modos básicos de conocer y relacionarse con el mundo que las personas tienen, de acuerdo a la tendencia particular de su psique, siendo esta tendencia (hacia la introversión o la extroversión) el factor central que diferencia los dos tipos básicos de personalidad.
Mientras que la atención del extrovertido está dirigida principalmente hacia el “mundo exterior”, el mundo de los objetos, de la gente y de la sociedad, el interés del introvertido se dirige principalmente a los procesos “internos”: la introspección, las fantasías y los pensamientos reflexivos personales. Mientras que el extrovertido suele encontrar sentido en el mundo social, en los valores culturales y en lo que sucede en su entorno más inmediato, el introvertido habita principalmente en su mundo interior, pudiendo parecerle el mundo externo una mera cáscara, un mundo de simulacros o (en sentido social) de formalismos vacíos. Si bien no hay personas totalmente introvertidas o totalmente extrovertidas, en cada individuo (y en cada momento especifico del desarrollo de su consciencia, podríamos agregar) hay una tendencia hacia uno u otro extremo.
El remake tiene quien le escriba. No faltan análisis rigurosos sobre el tema como “Ya yo He Estado Aquí”, ensayo de cabecera para los fanáticos y estudiosos de la materia. También abundan los documentales dedicados reivindicar o criticar el asunto.
“Everything is a Remix” es uno de los más conocidos y populares en la red. Otro autores del nivel de Eduardo Navas firman libros virales de la talla de “Remix Theory: The Aesthetics of Sampling”, por no hablar del trabajo de no ficción, “RiP!: A remix manifesto”. Se equivocan entonces si consideran al caso huérfano de reflexión y meditación cultural.
Sin ir muy lejos, el ejemplar de moda en las librerías de Buenos Aires se llama, “Retromanía o la Adicción del Pop a su propio Pasado”, de Simon Reynolds.
Por ende, se trata de un problema digno de una tesis grado. Luego de leer y consumir vorazmente algunos de los ejemplos mencionados, procedo a escupir mis ideas masticadas por las imprentas y programas de última generación por internet. Es ilógico prometerles una teoría fresca u original acerca de la comidilla del día.
De cualquier modo, cumplo con compartir mis conocimientos aprendidos y deglutidos, alrededor de la industria audiovisual.
Recuerdo la primera vez que vi The Royal Tenenbaums (2001), no me preguntes la trama, pregúntame por los colores, lo hermoso que lucían los personajes, sus atuendos, sus miradas, la atmósfera donde todos ellos transitaban a un ritmo específico, sin tropezarse; cómo ellos le daban vida a la hermosa nostalgia “Wes Anderson”. Esa particular belleza que logra este artista, a medio camino entre la melancolía y la fatalidad, ese refugio donde todos podemos encontrarnos por un rato y nunca sentirnos extranjeros.
Después vi, varias veces, The Darjeeling Limited (2007). Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman, buscando a su madre, a su padre, a sí mismos, viajando en tren, haciendo un viaje necesario sostenido por pretextos. ¿Creías que Anderson no iba a aprovechar los colores de la India? Por supuesto, en todo su esplendor. Porque los conflictos personales, las búsquedas y los desencuentros, ocurren en un mundo poli cromático y, mostrarlos, contrastarlos, poner en evidencia los colores, no es traicionar a la realidad o al sufrimiento.
Cuando tuve la oportunidad de ver The Life Aquatic with Steve Zissou (2004) entendí, que además de cine, Wes Anderson hace poesía visual. El día que tengas un problema de audio puedes poner esta película, se puede ver en mute, perfectamente. Podrás ver todos los azules, o a Cate Blanchett con las labios rojísimos contra una pared azul metal. Pero eso sí, sube el volumen cuando Seu Jorge cante las hermosas versiones de los éxitos de David Bowie.
Petrizzelli sintetiza la democracia venezolana ante los ojos de un loro aprisionado contra su voluntad, obligado a cantar el himno de Acción Democrática para divertir a los verdaderos beneficiarios del petróleo venezolano: Los Políticos.
Son varios los momentos históricos identificables dentro de la historia que nos cuenta Petrizzelli, el primero: El derrocamiento de Pérez Jiménez y el ascenso al poder del partido Acción Democrática. Continúa con el periodo de Rómulo Betancourt, donde el protagonista de la segunda parte de la historia encarnado por Luis Gerónimo Abreu, asciende a un ministerio para forrarse de plata, con triquiñuelas harto conocidas de esa gente que trabaja en los ministerios. Hace un paseo indirecto por los gobiernos de Caldera, Pérez, Campins y Lusinchi, este último con chiste agregado de por medio con la famosa frase “Tu a mí no jodes”. Todo en un vuelo de pájaro, resuelto algunas veces con imágenes filtradas desde un televisor. Se estaciona con brevedad en el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez y los sucesos del “Caracazo”, disfrazado de fiesta popular con aroma a vallenato. La demolición de la estabilidad económica reflejada en la familia ADECA con Ramón J. Velásquez de por medio dejando un país en la quiebra, culpa del gochito pal 88, que luego es relevado vía electoral con el segundo mandato del Dr. Rafael Caldera. Donde entra en juego un homosexual clase media, convertido en loca de feria, que como el Loro añora tiempos pasados, de gloria y fortuna. Finalmente, finaliza con el inicio de la campaña política del actual “FANtasmo” de Miraflores.
Traté de convencerme que ya se había escrito todo sobre Batman: El Caballero de la Noche asciende, la última de Nolan. Y es muy posible que así sea. El cierre de la trilogía, aunado a la infeliz masacre de Aurora, fue cubierto a fondo por medios de comunicación, críticos, blogueros, foros, tuiteros y toda esa fauna que vive y respira la superrealidad de las redes sociales. Con eso en mente, renuncié a ser una redundancia, me resigné a leer todo lo que me pareció interesante, escribí un cuento en el que intenté coquetear con la dicotomía del superhéroe y retomé mis ciclos de nuevo cine europeo en DVD. Pero entonces vinieron las llamadas.
Mi papá fue el último. Ya antes me había llamado mi primo y me habían escrito mi cuñado y un amigo de la infancia. Querían saber mi opinión. Estaban confundidos. No sabían si amar u odiar la película. ¿Por qué era yo el escogido para aclararlo? Mi viejo, por su parte, llamó tarde en la noche. Había leído A Bruce Wayne le gusta Chopin por tercera vez. ¿Qué tanto de ti hay en ese escrito?, preguntó. Pero en realidad fue una respuesta. La idea creció en mi cabeza a la velocidad que crecen las paranoias. Tenía que escribirlo. Porque ellos confían. Y porque había mucho de mí.
Antes de empezar a escribir, quiero aclarar que esto no es una crítica cinematográfica. REPITO: esto no es una crítica cinematográfica. Son simples impresiones de un fanático de la mitología (¿o arquetipo?) del hombre murciélago. No hay nada estructurado, ni estudiado de manera científica, menos aún fílmica. Esto es una mera divagación, vulgar, como la placentera lectura de una historieta.
Yo he sido uno de los que siempre ha visto los refritos con recelo. Llámese secuela, remake (nueva versión), adaptación: siempre he esperado lo peor de ellos. La industria del cine, por comodidad y conveniencia comercial, viene insistiendo cada vez más en esta fórmula. Es uno de los fenómenos que giran en torno al principio NO BRAIN, NO PAIN que leí hace unos días en el timeline de alguien, una forma de apostar por lo conocido, por la píldora, lo seguro y lo fácil. En fin, que no soy de los que se alegra con los refritos. Pero la trilogía de Nolan es una excepción. Y sea como sea, le agradezco a este señor y a su equipo por haber salvado la patria, ello en franco deleite psicológico de los que seguimos con fanatismo al hombre murciélago y su historia.